Una mente
cartesiana como la suya buscaba incansable ese sonido, ese “cliq”
metálico de cuando las piezas encajan perfectamente, de cuando algo
queda bien cerrado. Necesitaba desesperadamente entender, encontrar
el propósito que justificara todo aquello. El problema era que esta
vez ni tan siquiera sabía qué pieza había que mover. Y mucho menos
en que dirección.
Se sentía mal. No
triste, no sabía si tenía motivos; solamente confuso.
Continuó escribiendo aquella estúpida tarea que, al menos, mantenía su
cerebro ocupado en cosas más sencillas. Tediosas, pero mucho más
sencillas. De todas formas, su cabeza nunca paraba del todo de darle
vueltas a su verdadero problema. Al fin y al cabo, el subconsciente
tiene sus prioridades.
Miró sus notas.
De lejos parecían bastante coherentes. Echó un vistazo al reloj. La
hora de dormir había llegado inevitablemente. Era el peor momento
del día. No pegaría ojo hasta horas después de acostarse y echado,
en la oscuridad, no había nada que le distrajera del bullicio de sus propios
pensamientos. Otra larga noche padeciendo los ruidos de su más íntimo vecino.
Por lo general se llevaba bien con su cerebro, le divertía lo insólito de las cosas que solía susurrarle. Su único defecto era posiblemente una de sus mejores virtudes. Era muy insistente. En momentos como aquel le gustaría poder acallarlo; y es que no podía sentirse más ajeno a su propia mente que cuando se volcaba a resolver preguntas retóricas.
Resignado, cerró los ojos. Habría de tener paciencia. Ese dichoso "cliq"...
Últimamente me encanta tu blog jaja :D
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