En aquel preciso
instante la odiaba. No como solía decir que odiaba a otras personas,
la odiaba realmente. No era que ella hubiera hecho nada en
particular, no era racional; solamente deseaba no sentirse así, y le
parecía que ella era la causa. Y bueno, en última instancia sí que
lo era.
Debían de ser las
dos y media de la mañana. Tal vez más. Estaba viendo una serie que
no conocía. Algo de policías. Salía el típico tío rudo con un
sentido de la justicia genuino. El caso no les iba muy bien, debía
de estar empezando.
Se sentía, como dicen,
afligido. Apenado. Sí, eso era. Era tristeza. Le faltaba algo. Pero
en general todo le iba bien. No se podía quejar. Se quejaba por
cualquier cosa, eso era cierto, aunque en el fondo se sabía muy
afortunado. Y eso no le gustaba. No, no le gustaba nada ser
afortunado. Claro que esto era una locura. “No le gustaba ser
afortunado”. No tenía sentido.
La trama había
avanzado un poco: un par de sospechosos, un antiguo caso, un
reencuentro con una vieja amiga. Justo entonces el protagonista y la
amiga se estaban peleando. Ahora estaban en la cama. Por el ritmo al
que avanzaba la trama debía de ser una película y no una serie. Muy
predecible en cualquier caso.
No
era que no le gustara la fortuna. Era que le gustaba hacer las cosas
por sí mismo. Llevar las riendas. Tomar sus propias decisiones. No
deberle nada a nadie. De todas formas se había desviado del asunto.
Se conocía hace demasiado tiempo como para que sus peculiaridades le
trajeran esos problemas. No, era algo más.
El
argumento había tomado un giro inesperado. No es que cambiase nada
en la línea general de la trama. Simplemente, ahora sabíamos que
“el malo” era una “camioneta monstruosa”, conducida por un
espíritu. Debía de haberse perdido algo importante.
No
la odiaba. En aquel momento le estaba haciendo sentirse bastante mal
pero no la odiaba. No había explicación aparente para que ella le
hiciera sentir así de mal, entonces ¿qué era aquello?
Ya ya
ya, pero no era eso. De ninguna de las maneras. Absolutamente no.
La
película al final no era una película, era una serie. En cualquier
caso se había perdido el final. Habían matado de alguna forma a la
camioneta asesina y el chico había dejado a la chica en el pueblo.
Al parecer era un héroe itinerante. Bostezó y apagó la televisión.
Se
metió en la cama. No sabía cuanto tiempo llevaba divagando sobre el
sentido de la vida. Aquello no podía ser, era imposible. No otra
vez, no así. Pero ¿y si...?
Cerró
los ojos por última vez aquella noche y dejó que fuera su
subconsciente quien le contestara. Estaba apunto de pasarle otra vez,
y no parecía que tuviera ninguna posibilidad para evitarlo. Como
ocurría siempre.
Ya
dormido, sonreía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario