domingo, 1 de enero de 2012

Cliq


Una mente cartesiana como la suya buscaba incansable ese sonido, ese “cliq” metálico de cuando las piezas encajan perfectamente, de cuando algo queda bien cerrado. Necesitaba desesperadamente entender, encontrar el propósito que justificara todo aquello. El problema era que esta vez ni tan siquiera sabía qué pieza había que mover. Y mucho menos en que dirección.

Se sentía mal. No triste, no sabía si tenía motivos; solamente confuso.

Continuó escribiendo aquella estúpida tarea que, al menos, mantenía su cerebro ocupado en cosas más sencillas. Tediosas, pero mucho más sencillas. De todas formas, su cabeza nunca paraba del todo de darle vueltas a su verdadero problema. Al fin y al cabo, el subconsciente tiene sus prioridades.

Miró sus notas. De lejos parecían bastante coherentes. Echó un vistazo al reloj. La hora de dormir había llegado inevitablemente. Era el peor momento del día. No pegaría ojo hasta horas después de acostarse y echado, en la oscuridad, no había nada que le distrajera del bullicio de sus propios pensamientos. Otra larga noche padeciendo los ruidos de su más íntimo vecino.

Por lo general se llevaba bien con su cerebro, le divertía lo insólito de las cosas que solía susurrarle. Su único defecto era posiblemente una de sus mejores virtudes. Era muy insistente. En momentos como aquel le gustaría poder acallarlo; y es que no podía sentirse más ajeno a su propia mente que cuando se volcaba a resolver preguntas retóricas.

Resignado, cerró los ojos. Habría de tener paciencia. Ese dichoso "cliq"... 

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