domingo, 1 de enero de 2012

Cliq


Una mente cartesiana como la suya buscaba incansable ese sonido, ese “cliq” metálico de cuando las piezas encajan perfectamente, de cuando algo queda bien cerrado. Necesitaba desesperadamente entender, encontrar el propósito que justificara todo aquello. El problema era que esta vez ni tan siquiera sabía qué pieza había que mover. Y mucho menos en que dirección.

Se sentía mal. No triste, no sabía si tenía motivos; solamente confuso.

Continuó escribiendo aquella estúpida tarea que, al menos, mantenía su cerebro ocupado en cosas más sencillas. Tediosas, pero mucho más sencillas. De todas formas, su cabeza nunca paraba del todo de darle vueltas a su verdadero problema. Al fin y al cabo, el subconsciente tiene sus prioridades.

Miró sus notas. De lejos parecían bastante coherentes. Echó un vistazo al reloj. La hora de dormir había llegado inevitablemente. Era el peor momento del día. No pegaría ojo hasta horas después de acostarse y echado, en la oscuridad, no había nada que le distrajera del bullicio de sus propios pensamientos. Otra larga noche padeciendo los ruidos de su más íntimo vecino.

Por lo general se llevaba bien con su cerebro, le divertía lo insólito de las cosas que solía susurrarle. Su único defecto era posiblemente una de sus mejores virtudes. Era muy insistente. En momentos como aquel le gustaría poder acallarlo; y es que no podía sentirse más ajeno a su propia mente que cuando se volcaba a resolver preguntas retóricas.

Resignado, cerró los ojos. Habría de tener paciencia. Ese dichoso "cliq"... 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Nocturnidad


 En aquel preciso instante la odiaba. No como solía decir que odiaba a otras personas, la odiaba realmente. No era que ella hubiera hecho nada en particular, no era racional; solamente deseaba no sentirse así, y le parecía que ella era la causa. Y bueno, en última instancia sí que lo era.

Debían de ser las dos y media de la mañana. Tal vez más. Estaba viendo una serie que no conocía. Algo de policías. Salía el típico tío rudo con un sentido de la justicia genuino. El caso no les iba muy bien, debía de estar empezando.

Se sentía, como dicen, afligido. Apenado. Sí, eso era. Era tristeza. Le faltaba algo. Pero en general todo le iba bien. No se podía quejar. Se quejaba por cualquier cosa, eso era cierto, aunque en el fondo se sabía muy afortunado. Y eso no le gustaba. No, no le gustaba nada ser afortunado. Claro que esto era una locura. “No le gustaba ser afortunado”. No tenía sentido.

La trama había avanzado un poco: un par de sospechosos, un antiguo caso, un reencuentro con una vieja amiga. Justo entonces el protagonista y la amiga se estaban peleando. Ahora estaban en la cama. Por el ritmo al que avanzaba la trama debía de ser una película y no una serie. Muy predecible en cualquier caso.

No era que no le gustara la fortuna. Era que le gustaba hacer las cosas por sí mismo. Llevar las riendas. Tomar sus propias decisiones. No deberle nada a nadie. De todas formas se había desviado del asunto. Se conocía hace demasiado tiempo como para que sus peculiaridades le trajeran esos problemas. No, era algo más.

El argumento había tomado un giro inesperado. No es que cambiase nada en la línea general de la trama. Simplemente, ahora sabíamos que “el malo” era una “camioneta monstruosa”, conducida por un espíritu. Debía de haberse perdido algo importante.

No la odiaba. En aquel momento le estaba haciendo sentirse bastante mal pero no la odiaba. No había explicación aparente para que ella le hiciera sentir así de mal, entonces ¿qué era aquello?
Ya ya ya, pero no era eso. De ninguna de las maneras. Absolutamente no.

La película al final no era una película, era una serie. En cualquier caso se había perdido el final. Habían matado de alguna forma a la camioneta asesina y el chico había dejado a la chica en el pueblo. Al parecer era un héroe itinerante. Bostezó y apagó la televisión.

Se metió en la cama. No sabía cuanto tiempo llevaba divagando sobre el sentido de la vida. Aquello no podía ser, era imposible. No otra vez, no así. Pero ¿y si...?

Cerró los ojos por última vez aquella noche y dejó que fuera su subconsciente quien le contestara. Estaba apunto de pasarle otra vez, y no parecía que tuviera ninguna posibilidad para evitarlo. Como ocurría siempre.

Ya dormido, sonreía.

martes, 29 de noviembre de 2011

Cuento chino


Inspiró. Hondo y lento, dejando que el frío le abrasara los pulmones. Exhaló una enorme bocanada de vaho. Lo cierto es que el vaho le fascinaba. Era de sus cosas favoritas del invierno.
Siguió caminando. La ciudad bullía de gente, desconocidos, personas que vería otros cientos de veces en su vida y jamás recordaría. Eran masa, multitud amorfa. Atrezzo de su vida cotidiana. Querría saber algo de todos, saber qué se perdía.
Confusión. La mochila en el suelo húmedo. Las gafas. Dolor en las rodillas. El pelo alborotado. Al parecer se había ido a estrellar de lleno con alguno de los figurantes. Aún no imaginaba, claro, que ese minúsculo personaje de relleno estaba a punto de ascender a protagonista.
Notó la sangré invadir sus mejillas y como, de pronto, el calor le agobiaba bajo el abrigo. Sonrío rápido. Intentó disculparse y volver a sumergirse en su mundo, ocultarse entre la muchedumbre. Pero los figurantes recién revalorizados no abandonan la escena tan fácilmente.

En dos pasos retornó a los primeros planos. Se disculpó también y se presentó sin rodeos. Era su momento. El resto del atrezzo se había esfumado y eran solo dos personas en el vacío. Silencio.

Tardó un microsegundo infinito en reaccionar y respondió. Le costó balbucear su nombre. Comentó algo sobre el reciente percance. Alguna tontería. Siempre decía alguna tontería cuando le entraban los nervios.

Sonrió, no por cortesía sino porque estaba feliz de estar hablando. Buscó algo ingenioso que decir. No se le daba nada bien hacer esto. Llevaba con bastante torpeza lo de empezar a conocerse.

Notó que las suyas no eran las únicas carencias comunicativas y se relajó. Se anotó un par de tantos cambiando de tema en las siguientes frases, prolongando el tiempo que pasarían hablando. Frases cortas. Ahora ya respiraba mejor, pero no era el momento de probar cosas más difíciles. Comprobó la hora. No era mal momento para un café. Apostó.











Pasarían aún tres meses desde ese momento hasta que se besaran por vez primera. Tres meses, cuatro días, dos horas, veintidós minutos y cincuenta y tres segundos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Suspiro


Me apetece leer algo profundo. Algo filosófico, pseudopoético, metafísico. No siento más que desidia por lo que me rodea. Es todo tan burdo, tan carente de interés...

martes, 11 de octubre de 2011

Verdades como puños


A nadie le parece bien lo de Eslovaquia. Eslovaquia son los malos, no quieren compartir, no quieren poner para le fondo de rescate europeo. Eslovaquia son gentuza...

Lo que no nos gusta de Eslovaquia es que tiene razón: “eslovacos son demasiado pobres par pagar errores ajenos” Una verdad como un templo. Los ciudadanos, en general, son demasiado pobres para hacerse cargo de los errores de los bancos.

Los bancos son empresas, si una empresa hace las cosas mal va a la quiebra y ya está. Los bancos han hecho las cosas mal, han decidido arriesgar demasiado y han perdido. Que quiebren y ya está. En vez de recapitalizar la banca recapitaliza a los ciudadanos para que puedan pagar a la banca.

Eslovaquia ha dicho lo que toda Europa piensa.